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Las relaciones con los invisibles

 «La misión del Espiritismo, es la de combatir la incredulidad por la evidencia de los hechos, de atraer hacia Dios a los que lo desconocen, y demostrar el porvenir a los que creen en la nada» (Allan Kardec)

La elevación de un espíritu se mide por la pureza de sus fluidos, por la belleza de su forma y de su lenguaje.

«No os fiéis, pues, del primer embaucador que se os presente anunciándose en los periódicos; pero recordad que los principios del Espiritualismo, publicados por sus mejores representantes, son tan elevados como los de cualquier otra religión de la Tierra. Esto no prueba todavía lo bien fundado de sus reivindicaciones;  pero sí, en todo caso, que no se trata de un movimiento que deba mirarse con desprecio o desdén, o como identificado con los descalificados de este mundo.

En las primeras edades del cristianismo (os acordaréis de ello si leéis a San Pablo), formaban en sus filas gentes con las cuales las personas bien consideradas no querían tener nada en común. El Espiritualismo empezó también en nuestros tiempos bajo una agrupación del mismo género; pero actualmente militan muchos hombres famosos bajo sus banderas, y entre ellos se encuentran los mejores y más inteligentes. No olvidéis pues, que es un gran movimiento, muy sincero en general.»

En su discurso, el reverendo Savage ha sabido presentar bien las cosas. Es cierto que no todas las comunicaciones medianímicas ofrecen el  mismo interés. Muchas se componen de trivialidades, de repeticiones, de tópicos. No todos los espíritus son aptos para darnos útiles y profundos conocimientos. Como en la Tierra, y más aún que en ella, la escala de los seres en el espacio tienen una infinidad de grados. En ella se hallan desde las más grandes inteligencias hasta las almas más vulgares. Pero a veces los mismos espíritus inferiores, al describirnos su situación moral, sus impresiones en la muerte y en el Más Allá, al iniciarnos en los detalles de su nueva existencia, nos proporcionan precisos datos para determinar las condiciones de la supervivencia según las diversas categorías de espíritus. Se pueden sacar, pues, elementos de instrucción de todas nuestras relaciones con los invisibles. Sin embargo, no es digno de crédito. Al experimentador prudente y serio le toca saber separar el oro del metal falso. La verdad no llega siempre a nosotros desnuda de artificios, y la acción de lo alto deja a las facultades y a la razón del hombre el campo necesario para ejercitarse y desarrollarse.

En todo lo que a esto se refiere, deben tomarse las más serias precauciones, y ejercer una observación atenta y continua. Es necesario ponerse en guardia contra los fraudes, conscientes o inconscientes, y ver si no se trata, en los mensajes escritos, de un simple caso de automatismo. A este objeto conviene asegurarse  de que las comunicaciones, por la forma, y por el fondo, son superiores a las capacidades del médium. Es preciso exigir pruebas de identidad por parte de los manifestantes, y no apartarse de este rigor sino en los casos en que las enseñanzas, por su superioridad y su majestuosa amplitud, se impongan por sí mismas y sobrepujen en mucho las posibilidades del transmisor.

Cuando se ha probado la autenticidad de las comunicaciones, es preciso comparar entre ellas los principios científicos y filosóficos que exponen y aceptar solamente aquellos puntos en que hay casi completa unanimidad de pareceres.

Además de los fraudes de origen humano, hay también mistificaciones de procedencia oculta. Todos los experimentadores serios saben que hay dos espiritismos: uno practicado sin ton ni son, sin método, sin elevación de ideas, atrae a todos los tontos del espacio y a los espíritus ligeros y burlones que son muy numerosos en la atmósfera terrestre. El otro, más serio, practicado comedidamente, con respetuoso sentimiento, nos pone en relación con los espíritus avanzados, deseosos de socorrer e ilustrar a quienes los llaman con ferviente ruego. Esto es lo que las religiones han conocido y designado con el nombre de «comunión de los santos».

Se nos pregunta también: ¿cómo en ese vasto conjunto de comunicaciones, cuyos autores son invisibles, es posible distinguir lo que proviene de las entidades superiores y debe conservarse? A esta pregunta puede darse esta respuesta: ¿de qué modo distinguimos los buenos y malos libros de autores antiguos? ¿Cómo distinguir un lenguaje noble y elevado de un lenguaje trivial y vulgar? ¿No tenemos a caso un juicio, una regla para medir la calidad de las ideas, tanto si provienen de este mundo como del otro? Podemos juzgar los mensajes medianímicos especialmente por sus efectos moralizadores; éstos son grandes y han mejorado muchos caracteres, purificado muchas conciencias. Éste es el mejor criterio de toda enseñanza filosófica.

En nuestras relaciones con los invisibles, existen también algunos signos para distinguir los buenos espíritus de las almas atrasadas. Los sensitivos reconocen fácilmente la naturaleza de los fluidos; dulces, agradables en los buenos; violentos, glaciales, difíciles de soportar en los espíritus malos. Uno de nuestros médiums anunciaba siempre la llegada del «espíritu azul», que se revelaba por vibraciones armoniosas y brillantes radiaciones. Los hay que se distinguen por un perfume perceptible para ciertos médiums.

 

Textos de Leon Denis
Transcrito por José Mª Sierra

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