Principios fundamentales del espiritismo

Acordados en el I Congreso Espiritista Internacional, celebrado en Barcelona el 13 de Septiembre de 1888


Existencia de Dios

Dios es la inteligencia suprema, causa primera de todas las cosas. Dios es el espíritu universal que se expresa y manifiesta en la Naturaleza y el hombre, la expresión más alta de la vida.

El Universo existe; luego tiene una causa. Dudar de la existencia de Dios, equivaldría a negar que todo efecto procede de una causa, y asentar que la nada ha podido hacer algo.

Si la inteligencia está en el hombre, ésta debe encontrarse también dentro de ese Universo del cual forma parte integrante. Lo que existe en la parte debe encontrarse en el Todo.

La armonía que regula las partes del Universo revela combinaciones y miras determinadas, y por lo mismo, un poder inteligente. Atribuir la formación primera al azar es un contrasentido, porque el azar es ciego y no puede producir los efectos de la inteligencia. Un azar inteligente no sería ya el azar.

Una inteligencia divina rige los mundos. En ella se identifica la ley, ley inmanente, eterna y reguladora a la que los seres y las cosas están sometidos.

Infinidad de mundos habitados

Dios ha poblado los mundos de seres vivientes, que concurren todos al objeto final de la Providencia.

Nada, ni la posición, ni el volumen, ni la constitución física de la Tierra, puede inducir a suponer racionalmente que tenga el privilegio de estar habitada con exclusión de tantos miles de mundos semejantes.

Los espíritus encarnados forman la Humanidad, que no está circunscrita a la Tierra, sino que puebla todos los mundos diseminados en el espacio.

Las condiciones de existencia de los seres que habitan los diferentes mundos son apropiadas al medio en que están llamados a vivir. Si nunca hubiésemos visto peces, no comprenderíamos que hubiera seres que pudiesen vivir en el agua, y así sucede con los otros mundos que contienen, sin duda, elementos desconocidos para nosotros.

Hay mundos apropiados a los diferentes grados de perfeccionamiento de los espíritus, donde la existencia corporal se desarrolla en condiciones muy diversas. Cuanto menos adelantado es el espíritu tanto más pesado y material es el cuerpo con que se reviste.

Preexistencia y persistencia del espíritu

El espíritu es el principio inteligente, individual e inmortal; creado simple e ignorante, contiene en germen todas las facultades superiores, está destinado a desarrollarlas por medio de su trabajo y esfuerzo.

El alma es un espíritu encarnado. Tiene dos envolturas: una temporal (el cuerpo físico), instrumento de lucha y de padecimiento que se abandona a la hora de la desencarnación; la otra, permanente (el cuerpo fluídico) del que es inseparable y que progresa y purifica con ella.

El alma después de la muerte vuelve a ser espíritu, es decir, entra de nuevo en el mundo de los espíritus, que había abandonado momentáneamente.

El perfeccionamiento del espíritu es fruto de su propio esfuerzo; no pudiendo, en una sola existencia corpórea, adquirir todas las cualidades morales e intelectuales que deben conducirlo al objetivo, él lo alcanza por una sucesión de existencias, en cada una de las cuales da algunos pasos adelante en el camino del progreso.

En cada existencia corporal el espíritu debe llevar a cabo una labor en proporción con su grado de desarrollo; cuanto más ruda y trabajosa sea tanto mayor será el mérito en cumplirla. De esta manera, cada existencia es una prueba que lo acerca al objetivo. El número de existencias es indeterminado. Depende de la voluntad del espíritu abreviarlo esforzándose activamente por su perfeccionamiento moral; del mismo modo que depende de la voluntad del obrero, que debe entregar un trabajo, el disminuir la cantidad de días que emplea en hacerlo.

La vida espiritual es la vida normal del espíritu y es eterna; la vida corpórea es transitoria y pasajera: no es sino un instante en la eternidad.

Demostración experimental de la supervivencia del alma humana por la comunicación medianímica con los espíritus

Su acción sobre la materia resulta de la naturaleza de su envoltura fluídica (periespíritu); esta acción es inteligente, porque ellos no han perdido más que su cuerpo, conservado la inteligencia que es su esencia.

Los fenómenos mediúmnicos tienen por principio la existencia del alma, su supervivencia al cuerpo y sus manifestaciones.

Estos fenómenos están fundados sobre una ley de la Naturaleza. Desde el momento que se admite la existencia del alma y su individualidad después de la muerte, es menester también admitir: 1) que es de una naturaleza diferente del cuerpo, puesto que una vez separada de éste no tiene ya sus propiedades; 2) que goza de la conciencia de sí misma, puesto que se le atribuyen la alegría y el sufrimiento. Las almas que pueblan el espacio son precisamente lo que se llaman espíritus; los espíritus no son, pues, otra cosa que las almas de los hombres despojadas de su envoltura corporal. Estos hechos nosotros los encontramos en las manifestaciones mediúmnicas.

Muchos de los hechos son llamados sobrenaturales porque no se conoce su causa; señalándoles el Espiritismo una causa, les hace entrar en el dominio de los fenómenos naturales.

La explicación de los hechos admitidos por el Espiritismo, sus causas y sus consecuencias morales, constituyen toda una ciencia y toda una filosofía, que requiere un estudio serio, perseverante y profundo.

El verdadero espírita no es aquel que cree en las manifestaciones, sino el que aprovecha la enseñanza impartida por los espíritus. La creencia en el Espiritismo sólo es beneficiosa para aquél de quien se puede afirmar: “Es mejor hoy que ayer”.

Infinidad de fases en la vida permanente de cada ser

El perfeccionamiento del espíritu es fruto de su propio esfuerzo; no pudiendo, en una sola existencia corpórea adquirir todas las cualidades morales e intelectuales que deben conducirlo al objetivo, él lo alcanza por una sucesión de existencias, en cada una de las cuales da algunos pasos adelante en el camino del progreso.

En cada existencia corporal el espíritu debe llevar a cabo una labor en proporción con su grado de desarrollo; cuanto mas dura y trabajosa sea tanto mayor será el mérito en cumplirla. De esta manera, cada existencia es una prueba. El número de esas existencias es indeterminado. Depende de la voluntad del espíritu abreviarlo esforzándose activamente por su perfeccionamiento moral.

Cuando el espíritu retorna al mundo invisible es feliz o infeliz; según el buen o mal empleo que hizo de su última existencia; él estudia las causas que apresuraron o retardaron su adelanto; toma las resoluciones que procurara poner en práctica en su próxima encarnación.

Los espíritus, al encarnarse traen consigo lo que adquirieron en sus experiencias anteriores; ésta es la razón por la cual los hombres muestran, indistintamente, actitudes especiales, inclinaciones buenas o malas que parecen innatas en ellos.

El olvido de las existencias anteriores es un beneficio de Dios que, en su bondad, ha querido ahorrar al hombre los recuerdos, frecuentemente penosos. En cada nueva existencia, el hombre es lo que ha hecho de sí mismo; es para él un nuevo punto de partida.

Recompensas y penas como consecuencia natural de los actos

La mayoría de las veces el hombre es causante de su propia desgracia. Practicando la ley de Dios, se evita muchos males, y se proporciona la mayor felicidad de que es susceptible su grosera existencia.

Los males que afligen a los hombres en la Tierra tienen por causa el orgullo, el egoísmo y todas las malas pasiones. Con el contacto de sus vicios los hombres se hacen recíprocamente desdichados y se castigan unos a los otros. Que la caridad y la humildad sustituyan al egoísmo y al orgullo, entonces no procurarán más perjudicarse; respetarán los derechos de cada uno y harán reinar entre ellos la concordia y la justicia.

Mostrándose al descubierto todo nuestro pasado, cuando estamos en el mundo de los espíritus, el bien y el mal que hayamos hecho serán igualmente conocidos. En vano querrá el que ha hecho mal sustraerse a la mirada de sus víctimas; la inevitable presencia de éstas serán un castigo y un remordimiento incesante hasta que haya expiado sus culpas, mientras que el hombre de bien, por el contrario, no encontrará por doquiera más que miradas amigas y benévolas.

La creencia en el Espiritismo ayuda a mejorarnos fijando las ideas sobre ciertos puntos del porvenir; apresura el progreso de los individuos y de las masas… El Espiritismo enseña a soportar las pruebas con paciencia y resignación; su práctica nos acerca a la dicha presente y futura.

La importancia que el hombre da a los bienes temporales está en razón inversa de su fe en la vida espiritual: es la duda sobre el futuro lo que le lleva a procurar sus alegrías en este mundo, satisfaciendo sus pasiones, inclusive a expensas del prójimo.

Progreso infinito. Comunión Universal de los seres. Solidaridad

El progreso es una condición de la naturaleza humana, no es posible oponerse a él.
A menudo el hombre no descubre en las conmociones sociales más que la confusión y el desorden momentáneos que lastiman sus intereses materiales, mas el que eleva su pensamiento por encima de la personalidad admira los designios de la Providencia que del mal hace salir el bien.

Hay dos clases de progreso que se prestan mutuo apoyo y que sin embargo no caminan paralelos, tales son el progreso intelectual y el moral. El progreso no tiene límites, siempre puede mejorarse.

La caridad no consiste tan sólo en la limosna, la caridad de puede ser de pensamiento, palabras y acciones. La caridad de pensamiento es aquella que es indulgente con las faltas del prójimo; la caridad de palabras es la que no dice nada que pueda perjudicar al prójimo; la caridad en acciones, es la que asiste al prójimo en la medida de sus fuerzas.

La obra que debemos realizar cada uno de nosotros se sintetiza en tres palabras: saber, creer, querer; es decir, saber que tenemos en nosotros recursos inagotables; creer en la eficiencia de nuestra acción sobre los mundos de la materia y del espíritu; querer el bien, dirigiendo nuestros pensamientos y confirmando nuestras acciones a las leyes eternas del trabajo, de la justicia y del amor.

El Universo entero está sometido a la ley de solidaridad. Por eso el progreso de uno de nosotros se refleja en todos. Para mejorar la sociedad hay que mejorar al individuo. Para ello son necesarios el conocimiento de las leyes superiores de progreso y de solidaridad y la revelación de nuestra naturaleza y de nuestros destinos, y este conocimiento sólo puede proporcionárnoslo el Espiritismo. Nacer, morir, renacer de nuevo y progresar sin fin, tal es la ley.

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