Biografía Miguel Vives

  • Infancia y juventud
  • Conociendo el Espiritismo
  • El médium
  • El sanador
  • La actividad social
  • Divulgando el Espiritismo
  • Guía Práctica del Espiritista

Infancia y juventud

Miguel Vives nació en Barcelona en el año 1842. Los primeros años de su vida estuvieron marcados por el dolor de ver morir a sus seres más queridos. Cuando contaba sólo dos años, quedó huérfano de madre, a los cinco lo llevaron a Sabadell; a los once murió su padre, por lo que quedó al cuidado de su hermano Augusto.

A los catorce años empezó Miguel a cultivar la música con gran aprovechamiento, reunió muchos niños, formó con ellos sociedades corales y escribió piezas musicales que llamaron vivamente la atención por la corta edad del autor.

Personas influyentes de aquella época, entre ellas D. Pascual, se interesaron mucho por el joven músico y quisieron llevarle al Monasterio de Montserrat para que formase parte de su notable Escolanía.

Contrajo matrimonio en 1868, a los 26 años. Este feliz acontecimiento vendría a ser el desencadenante de la mayor crisis que sufrió, ya que de nuevo se vería privado de su amada. En plena luna de miel desencarnó de forma repentina la mujer que había elegido como compañera de su vida; este suceso llevó a Miguel a una gran depresión, cuya consecuencia fue una grave enfermedad que le mantuvo en la más absoluta inactividad durante cinco años. No sólo su salud psíquica se alteró, sino también la física, resultando que en los mejores y más vigorosos años de su juventud, se encontró postrado con un organismo débil y enfermizo. Él mismo nos describe en su libro aquella etapa de su vida, haciendo referencia a la causa que le dio fuerzas para salir de aquella deplorable situación:

«¡Dios mío! ¿Qué era yo, antes de ser espírita? Una criatura ignorada y completamente incapaz. Tanto es así, que me encontraba perdido en la más crítica y miserable situación en que un hombre puede encontrarse, en los más hermosos días de su juventud. Perdiera la salud, los amigos se habían alejado de mí, no tenía fuerzas para trabajar, estuve cinco años sin salir de casa. Mi estado era tal, que si no fuese por la protección de los padres de mi primera esposa, a los cuales nunca seré suficientemente grato, hubiera tenido que recogerme en un hospital. Cinco años ya habían transcurrido, en que esta situación perduraba, cuando mis cuñados se mudaran de Sabadell, donde yo había vivido desde niño, a Tarrasa. Y, más por misericordia, que por cualquier otro motivo, me llevaron con ellos, para ver si mi salud mudaba.
»Estábamos en el año 71 del siglo pasado. Después de seis meses de permanencia en Tarrasa, volví un día a Sabadell, y mi hermano carnal me habló de Espiritismo. Al principio, el asunto me pareció muy extraño. Pero como me hablaba de manera grave, y yo conocía su seriedad y rectitud en todas las cuestiones de su vida, comprendí que había algo de verdadero en lo que me decía. Le pedí algunas explicaciones, y él, por única respuesta, me entregó las obras de Allan Kardec. Leer las primeras páginas y comprender que aquello eran grande, sublime, inmenso fue cuestión de un momento. ¡Dios mío! -exclamé-, ¿qué es lo que sucede?
»Entonces, yo, que ya había renunciado a todo, ahora percibía que, ¿todo es vida, que todo es progreso, y que todo es infinito? Caí postrado y admirado delante de tanta grandeza, y tomé la decisión de ser espírita de verdad, estudiar el Espiritismo y emplear todas mis fuerzas en la propagación de una doctrina que me había restituido la vida y me había enseñado, de manera tan clara, la grandeza de Dios.»

Conociendo el Espiritismo

Al estudiar la filosofía del Espiritismo en las obras de Allan Kardec, Miguel encuentra la razón de sus sufrimientos y de los dolores de la Humanidad. La doctrina de la reencarnación y de la ley de causa y efecto penetra en su mente y en su corazón, restituyéndole la fe y la esperanza perdidas; la vida se le presenta no como una cadena de injustos acontecimientos, sino como un camino de progreso permanente donde cada uno recoge el fruto de sus acciones pasadas y donde nunca hay fin ni última oportunidad. Nada muere, sólo el cuerpo llegado su momento se disgrega, pero el alma, el espíritu permanece, vive por encima de la materia y vuelve a encarnar para seguir su aprendizaje, su infinita evolución.

Dios es misericordia, sus leyes justas; la verdad no es inescrutable más que para los que se obstinan en permanecer en sus posiciones rígidas e inmovilistas, los que piensan que todo gira en torno suyo, los que viven sólo por satisfacer su propio ego. Estas ideas hallan eco en Miguel Vives, le revitalizan y devuelven las ganas de vivir y luchar porque su enfermedad tenía como origen la desgarradora desesperación que le atormentaba al no encontrar una explicación lógica y razonada al problema de la muerte.

Pasados unos años, estando ya plenamente recuperado, siguió el consejo de unos amigos y contrajo matrimonio en segundas nupcias con una señora que compartía sus mismas creencias. Poco después, comenzó a reunir en su casa a varios amigos que simpatizaban con sus ideas, enseguida empezaron a celebrar reuniones de estudio y sesiones mediúmnicas en las que fue aflorando la mediumnidad de Miguel.

El médium

En 1872 fundó, junto con el núcleo de amigos que se reunían en su casa, un centro de estudios espiritistas al que llamaron Fraternidad Humana, del que fue presidente durante treinta años. Amalia Domingo Soler participaba a menudo en las reuniones en Tarrasa, así como Vives asistía a las del Centro La Buena Nueva, de Gracia. En el centro de Tarrasa fue donde desarrolló la mayor parte de su labor mediúmnica; recordando aquellos años, escribía:

«No soy escritor, mas soy médium. Así, nunca podrá tener la pretensión de haber hecho nada de bueno solamente por mí. Si alguna cosa salida de mi pluma merece la aprobación de mis hermanos, vendrá de los buenos espíritus que me asisten. Todo cuanto se nota de deficiente en mis escritos, es obra de mi inteligencia.
»Para dar una idea de mi mediumnidad, diré lo siguiente: Fui médium de incorporación, semiconsciente, por un período de diez años; durante ese tiempo, no participé de una sola reunión, en que no recibiese y diese comunicación, gozando durante esos diez años de una salud bastante regular. Después de eso, por causa de una dolencia, impedido de frecuentar las reuniones, tuve que dejar la mediumnidad por unos cuatro meses, único período de tiempo en que dejé de participar de los trabajos, como médium o como director de sesiones, en los treinta y dos años en que soy espírita. Y todavía hoy mi inspiración es tan potente y tan clara, que basta estar en una sesión, para que me sienta inspirado y pueda hablar por todo el tiempo necesario.
»Para dar un prueba de ello, voy a contar lo que pasó en vísperas de Navidad de uno de los últimos años.
»Yo había dado, unos veinticinco años atrás, una comunicación muy extensa y expresiva, sobre uno de los pastores que fueran a adorar al Mesías en el portal de Belén. Esa comunicación causara gran impresión a los hermanos presentes en el Centro Espírita de Tarrasa, en aquella época. Días antes de la Navidad, a la que encima me referí, uno de los hermanos, que aún se acordaba del caso, me habló del mensaje. Sentí deseos de tenerlo, y fue cuanto precisé para ser influido y ponerme a escribirlo. En dos horas lo obtuve de nuevo, y tan igual, que aquellos que lo habían escuchado la primera vez exclamaran admirados: “¡Es idéntica! ¡No falta ningún concepto, ningún detalle!”
»Cuento esto para demostrar el poder de la mediumnidad.»

El sanador

Miguel Vives era un hombre muy amante del estudio; durante su enfermedad, se había dedicado, en los intervalos que sus sufrimientos le permitían, a estudiar medicina, más concretamente los tratados del médico alemán Hahnemann1 por cuyo método denominado homeopático2 realizó curas.
Nunca se atribuyó el mérito de tales curaciones, siempre decía que si él curaba era por la intervención de los espíritus que le asistían, ya que en sí mismo no reconocía los conocimientos necesarios para obtener tan positivos resultados. Fue tal la protección que le envolvió, que muchas veces los enfermos se restablecían antes de tomar los medicamentos. Estas curaciones resultaban de todo punto inexplicables para los que sólo ven en el hombre un compuesto de células y elementos bioquímicos, les parecía inexplicable y poco científico un método de curación basado en otras premisas que las que ellos utilizaban y que además diera tanta importancia a los aspectos psíquicos y espirituales. Ante su incapacidad para comprender optaron por el camino más cómodo y deshonesto, desacreditar el trabajo de Miguel, ya que aquel joven sin titulación no podía de ninguna forma obtener éxitos donde ellos recogían fracasos. En poco tiempo, Miguel se convirtió en el blanco de las críticas de muchos médicos y de los elementos más inmovilistas de la ciudad, que no le perdonaban su sencillez y modestia frente a la ostentación de que ellos hacían gala.
A la par que hacía este trabajo médico, se volcó en la propaganda del Espiritismo; era tal la convicción que sentía, tal su ardor y entusiasmo, que cada día conquistaba nuevas adhesiones. Esto produjo una verdadera revolución en su entorno y comenzaron a manifestarse odios implacables contra él: « …Mi cabeza se tornó en un volcán de ideas en ebullición. Antes de ser espírita era incapaz de pronunciar una pequeña oración para una docena de personas. Como espírita adquirí un coraje y una serenidad tales que nada me impresionaba ni me impresiona aún.» Así recordaba años más tarde aquellos principios de su labor pública.

Miguel Vives encontró en el Espiritismo no sólo una filosofía capaz de responder a todas sus preguntas; halló, y esto fue más importante para él, un camino que seguir para su desarrollo espiritual. Él como nadie supo intuir la enseñanza de su admirado Allan Kardec cuando dijo: «El Espiritismo tiene por objeto esencial el perfeccionamiento moral del hombre»; su vida fue un ejemplo constante de abnegación y benevolencia. Su caridad hacia los más necesitados era de todos conocida en su ciudad; periódicamente reunía a los pobres y mendigos y les daba de comer en su propia casa, incluso el día en que contrajo matrimonio su hija Micaela, llevó junto a sus familiares y amigos a buen número de personas indigentes, a los que quería como verdaderos compañeros de peregrinación: «Vosotros, ancianos mendigos -decía-, sois para mí libros preciosos que encerráis interesantísimas historias y debo aprender de vosotros la humildad para sufrir y la fe para esperar.»

En 1882, de repentina enfermedad, desencarnó su hijo de 9 años, fruto de sus segundas nupcias. De nuevo sintió el desaliento y la desesperación de años atrás, pero esta vez pudo oponer a tales sentimientos sus profundas convicciones, ya había adquirido la certeza de que la muerte sólo es un cambio de morada, un regreso al mundo de los espíritus, el abandono del traje de carne, mas nunca el cese de la vida, porque ésta no tiene ni tendrá fin jamás, sólo hay evolución, continua y permanente transformación de las formas de vida que pueblan el Universo. Sabía todas estas cosas no sólo por la vía del conocimiento racional, sino por la experiencia; el desarrollo de su mediumnidad le permitía percibir estados y vivencias desconocidas para la mayoría de los humanos, así describía estos estados:

«Hay estados que siente el espíritu en el espacio que es imposible encontrar frases en nuestro lenguaje humano para describirlas, hay sorpresas que sólo se sienten y se comprenden en lo que valen cuando uno las ha recibido y tiene la propiedad de aquel goce inexplicable, y hay sensaciones que sólo cuando nuestros sentidos hayan adquirido mayor lucidez, y sólo cuando nos hayamos despojado de la grosera envoltura que nos cubre, las podremos sentir; ahora sólo nos es dado entrever y apreciar en la medida de nuestras facultades, pero que a pesar de nuestra imposibilidad de conocer en su estado verdadero las felicidades de la vida venidera, éstas constituyen una gran prueba de la grandeza de Dios, de su poder y de su sabiduría, y una gran recompensa a nuestras obras realizadas, recompensa que están muy lejos de presentir los habitantes de esta tierra de lágrimas y de dolores.»

En una ocasión, abordando este mismo asunto de la vida en el mundo espiritual, recibió la siguiente comunicación de un espíritu que acababa de realizar el tránsito de este mundo al invisible; en ella, el espíritu describe su despertar en el mundo fluídico tras romper los lazos que le unían con su cuerpo carnal. Esta descripción coincide en sus aspectos fundamentales con otras comunicaciones de espíritus en igual situación; en todas ellas nos dicen que vienen a saludarles seres que han amado en la Tierra, nos explican como sus percepciones cambian notablemente, experimentando que no están limitados a los cinco sentidos físicos de un mundo tridimensional; pero veamos a continuación lo que nos dice el espíritu:

«Figuraos que os dormís en una cabaña, y como si despertarais de un dulce sueño, os encontráis en el espacio infinito; de momento no os dais cuenta de lo que os pasa, pero estáis maravillados de lo que os rodea, poco a poco recordáis y vais reconociendo vuestro estado, y como si nuevas facultades se desarrollaran en vosotros, veis a largas distancias, tan largas, que no podéis apreciar; a vuestro alrededor y desde muy lejos parece que mundos de luz os envían sus rayos y como si os dijeran ven a mí. Este fenómeno os atrae en todas partes sin saber a cuál dirigiros, entre el espacio que media entre vosotros y esos mundos, se desarrollan innumerables cuadros de luz, de fluidos de distintos colores, y entre rostros y formas esbeltas de espíritus que parece que os saludan y os felicitan; más cerca de vosotros veréis seres que os han amado en la Tierra; éstos os acarician, os abrazan, os besan y parece que penetran en vuestro ser y os den una nueva vida, un nuevo amor un nuevo deleite: una alegría desconocida.
»Anonadados aún por la existencia que acabáis de dejar, parece que aquellos recuerdos quieren turbaros, pero entonces aquellos fenómenos se renuevan con más intensidad, y los seres amados os invitan de nuevo. Sus caricias son más vehementes, su solicitud más grande, los colores, la luz y las bellezas toman nuevas formas, y entonces después de largo período os persuadís que ya habéis dejado vuestra tarea de la vida de los muertos y habéis entrado en la vida de los vivos; ¡por eso en medio de tantas maravillas no perdéis de vista la Tierra, pero ésta os parece tan triste! Los mares parecen un inmenso lago de lágrimas, la vegetación un sudario eterno, los montes unas murallas que cercan una mansión de locos, las grandes ciudades un montón de ruinas, los seres humanos desterrados que gimen atados con férreas cadenas, sus ruidos ayes desgarradores, sus cánticos y músicas, exhalaciones de tristeza, sus artes, concepciones de inteligencias pobres; su industria, su comercio, entretenimientos y tratos sin piedad. Esta impresión produce cierta melancolía que os hace apreciar mejor la nueva vida que os envuelve y os impulsa a entregaros a la vida que poseéis.»

Sobre esta relación que recibió de un espíritu, Miguel Vives hizo estas reflexiones:

«Así se expresa el espíritu, pero yo creo que éstas no son más que las primeras impresiones de un espíritu feliz, las primeras horas que podemos llamar pasadas en el mundo espiritual, pero cuando el espíritu ha tomado posesión de su estado, cuando ya se mece en el éter Universal y al menor impulso de su voluntad se mueve en todas direcciones y a través de distancias infinitas recorre mundos y contempla maravillas. ¡Qué goces! ¡Qué impresiones! ¡Qué estudios más grandes de la luz, del sonido y del Cosmos Universal!… ¡Qué combinaciones y qué trabajos hechos para adquirir más amor y más sabiduría! ¡Qué formas y qué moldes han de tomar ante la faz de los espíritus las maravillas creadas! … y cuando el espíritu puede irradiar a grandes distancias, ¡qué deleite ha de sentir! Deleite inesperado de distintos puntos a la vez; mientras recibe impresiones sublimes de la armonía de mil mundos, de mil humanidades, de mil legiones de espíritus, y envuelto en un mar de luz de distintos y variados colores formando crepúsculos inconcebibles para nosotros, y entonces ver más progreso, más perfección y una eterna sucesión de adelantos hasta convertirse en un semi-Dios para ver siempre un más allá en todos sentidos, en todas direcciones y en toda impresión que pueda recibir el espíritu. Esto ha de ser tan grande que yo no tengo palabras para expresarme. Concibo, entreveo, pero no hay frases en nuestro lenguaje. La pintura, la música, el amor de la madre, la convicción del héroe, del mártir, son un punto de ese gran todo; y empieza a dar el primer paso, el espíritu que llega a alcanzar su progreso y su perfección.
»Honremos al espíritu de Allan Kardec y sigámosle como la estrella polar que nos guía por el embravecido mar de la vida, que él nos llevará a puerto de salvación.»

La actividad social

Miguel Vives desarrolló una intensa actividad social; tenía la convicción de que las pruebas que aporta el Espiritismo respecto a la realidad de la vida, y la moral que se deduce de estas pruebas, constituyen la base de una transformación en la sociedad. En sus escritos y discursos, exhortaba a acudir ante todos los gobiernos para instaurar cátedras donde impartir la filosofía espírita en todos los centros universitarios; instaba a propagar la ciencia del espíritu en los talleres, en los centros industriales, hasta en las buhardillas de los pobres, llegar a las masas por medio de la prensa, de conferencias públicas, de reuniones de toda suerte en que se expusieran los principios básicos de la doctrina de los espíritus.

En el orden político y judicial, pensaba que los legisladores de las generaciones futuras deberían llevar al ejercicio de sus funciones el sello de los principios espíritas. Demostró una indudable visión de futuro cuando dijo: «Es también deber de los tiempos la institución permanente de un tribunal de arbitraje internacional para la solución de conflictos de nación a nación y la gradual abolición de los ejércitos permanentes y de las fronteras políticas.» Hoy, un siglo más tarde, vemos como se están empezando a cumplir sus indicaciones, ya que si bien aún permanecen los ejércitos, las fronteras están desapareciendo en la mayor parte de la Europa Occidental.

Siempre demostró una especial sensibilidad hacia los presos, pensaba que era necesario transformar las penitenciarías en institutos de moralización, considerar al culpable como a un enfermo al que se debe sanar y rehabilitar. En una ocasión, fruto del trabajo que desarrollaba con los presidiarios, y con motivo del V Congreso Espiritista Internacional, recibió la siguiente carta:

«Sr. D. Miguel Vives:
»Queridísimo hermano. Estamos agradecidos a sus exhortaciones y sentimos una inmensa alegría al saber que se va a celebrar el Congreso Espiritista Internacional. Mucho sentimos no poder formar parte en él; pero ya que no nos es posible, le suplicamos a usted tenga la bondad de representarnos y decir en pleno congreso que estos treinta y dos individuos que fueron criminales están hoy arrepentidos, perdonan a sus enemigos y desean volver a la vida libre para demostrar el cambio que ha operado en ellos el Espiritismo.
»Hoy no pensamos más que en nuestra reforma moral y en la reforma moral de la Humanidad.»
»Treinta y dos penados le saludan y le desean protección de Dios.»

Divulgando el Espiritismo

Participó activamente en la divulgación del Espiritismo a través de distintos medios como los periodísticos y los federativos. En 1882 fundó la Federación Espiritista del Vallés, que agrupaba asociaciones y centros espíritas de esta comarca barcelonesa; desde 1885 hasta 1889 dirigió El Faro Espiritista, que fue el órgano de la Federación; de la Federación Espiritista del Vallés surgió entonces la Federación Catalana, siendo órgano de esta misma la antigua Revista de Estudios Psicológicos, de Barcelona, hasta que se creó el Boletín de la Federación.

Tuvo también activa participación en los Congresos Internacionales de Espiritismo celebrados en 1888 en Barcelona y 1889 en París. En el de Barcelona, que fue el primero, formó parte de la comisión organizadora y fue vicepresidente del mismo. A este Congreso asistieron representantes de sociedades espíritas de Francia, Italia, Estados Unidos, Sudamérica, Bélgica, etc. Al año siguiente se celebró un nuevo Congreso Internacional en París; también a éste asistió Miguel, junto con otros destacados espiritistas españoles. En París, además de las delegaciones europeas y americanas, asistieron otras de India, Egipto e incluso Australia.

Tras todos estos acontecimientos, en mayo de 1891 se trasladó a vivir a Barcelona para ver si su quebrantada salud mejoraba; al poco tiempo, en enero de 1892, fue elegido Presidente del Centro Barcelonés de Estudios Psicológicos. En Barcelona, su actividad, a pesar de su estado de salud, no decreció, siguió participando activamente en actos y conferencias; su energía, sus ideas, su fuerza de voluntad no provenían de su débil organismo; él podía sobreponerse a su cuerpo y manifestar las fuerzas que sentía, las potencias del alma que irradia la convicción, la fe, el amor que siente y esparce con sus obras. Esta era su fuerza, una fuerza que cautivaba a cuantos le escuchaban. Sin embargo, en Barcelona sus discursos tenían un matiz diferente a cuando se encontraba en su centro de Tarrasa. Este hecho fue observado por un periodista admirador suyo, que lo describió así:

«Observé un verdadero fenómeno: desde que habita en Barcelona, sus discursos no tienen aquel sabor especial, aquel dulcísimo sentimiento que, haciéndose dueño del auditorio, llevaba a sus oyentes hasta las puertas de las gloriosas, de las celestes ciudades donde los justos reciben el premio de sus buenas obras.
»En Barcelona sus discursos tienen más verdades que palabras, pero esas mismas verdades tienen un sabor amargo, la realidad de la vida le impresiona tan dolorosamente que el médium inspiradísimo, el médium protegido por elevados espíritus, se contagia con la epidemia del realismo humano, y llora sobre las miserias de la humanidad no con tristeza, no con amargura, no con desaliento, antes al contrario, se lamenta con energía, apostrofa con valor a los débiles por su escasa fe, censura clamorosamente nuestra falta de caridad…»

A pesar del cambio de residencia, su salud no mejoró sustancialmente, hasta que el día 23 de enero de 1906 abandonó este mundo. Recibió una entrañable despedida de un pueblo que le quería de verdad. Una multitud de personas se extendía alrededor de la comitiva fúnebre, fueron muchas las fábricas y talleres que cerraron sus puertas para permitir a sus empleados dar el último adiós a un hombre al que habían admirado por sus innegables virtudes. Detrás del coche fúnebre iba una banda de música. La comitiva hacía un cordón compacto de más de cinco mil personas. El cementerio civil, el camino de acceso, y los altos de las tapias se hallaban invadidos, no pudiendo entrar el cadáver en más de una hora. Esta fue la despedida que dieron sus conciudadanos a un hombre, un médium, un espiritista que fue conocido con el sobrenombre de «El Apóstol del Bien».

Guía práctica del espiritista

Miguel Vives escribió un único libro, Guía práctica del espiritista (1903). Es un libro eminentemente práctico, como su propio nombre indica, en el cual el autor divide la existencia humana en campos concretos de vivencia: Dios, el Evangelio o actuación con la familia, los centros espíritas, etc. En cada uno de estos terrenos ofrece unos consejos muy útiles para afrontar y salir airoso de las diversas vicisitudes que atraviesa el espíritu en su paso por la Tierra. La validez y el mérito de estos consejos estriban en que están sacados de sus propias experiencias y él comprobó en sí mismo sus resultados positivos.

Seleccionamos a continuación ciertas frases y párrafos significativas de algunos de los capítulos del libro que definen no sólo sus ideas, sino su propia vida, su propio ser:

«Para alcanzar el grado de moralidad que necesita, a fin de cumplir bien su misión, tener paz en la Tierra y conseguir alguna felicidad en el espacio, el espírita debe cumplir la ley divina. ¿Y dónde está esa ley? En el Evangelio del Señor. Por tanto, el espírita debe saber de memoria su parte moral, tanto cuanto sea posible. Porque, ¿cómo aplicará la ley, si no la conoce? ¿Cómo usarla, si no la recuerda?» (Cap. II, «El espírita ante el Evangelio»).

«Primero obrar, después hablar. A no ser que la necesidad y las circunstancias nos obliguen a hablar primero. Cuando así tengamos que hacer, debemos ser muy prudentes y humildes, dando pruebas de una buena educación. Sin embargo, siempre que sea posible, debemos obrar primero. Vale más que nos conozcan primero por nuestras obras, que por nuestras palabras. Así, cuando llegue nuestra hora de hablar, nos escucharán con más respeto y seremos mejor atendidos. Evitemos entrar en la propaganda de nuestras ideas, aguardando la ocasión oportuna. Comencemos entonces por demostrar lo que es la moral del Espiritismo, cuáles sus tendencias y sus fines, que son tornar a los hombres mejores, conquistar la paz para la Humanidad y revelar un porvenir más feliz que aquel que nos espera en la Tierra. Sólo debemos entrar en la explicación de los fenómenos espíritas, cuando las personas a quienes hablamos ya tengan aceptada la moral, comprendiendo algo de su sublimidad. En esos casos en que podamos hablar de los fenómenos, debemos explicar aquellos que pueden ser mejor comprendidos, de acuerdo con el alcance de nuestros oyentes.
»Aquel que desea aliviar o curar a la Humanidad doliente, aunque sea en el ámbito de sus relaciones particulares, debe llevar una vida de santidad. Llamémosla así, para distinguir mejor al que la practica, tanto más si el espírita que cura no es dotado de conocimientos médicos o de otras ciencias que lo autoricen a tanto. Los que, sin embargo, sólo lo hacen por amor a la Humanidad, deben despojarse de todo lo que pueda empañar el brillo de sus espíritus, para que su periespíritu y su cuerpo puedan transmitir los buenos fluidos. De manera que deben aplicarse constantemente, la siguiente máxima: Si quieres curar a los demás, cura primero tu cuerpo y tu alma, pues de lo contrario, ¿cómo curarás a los otros, si estás enfermo?» (Cap. IV, «El espírita y la Humanidad»).

«Así como es muy difícil encontrar en la Tierra quien esté siempre en perfecto estado de salud física, más difícil es aún encontrar alguien con perfecta salud moral. Nadie es perfecto en este mundo. Así como la atmósfera y las condiciones materiales influyen directamente en nuestro organismo, predisponiéndolo a ciertas enfermedades, los elementos espirituales que nos rodean influyen sobre nuestra condición moral. Se aprovechan de las cosas más insignificantes, para provocarnos sufrimientos y malestar interior, objetivando mortificarnos o detenernos en la vía del progreso.
»Los elementos espirituales que nos cercan se infiltran constantemente en nuestro psiquismo, como los elementos atmosféricos lo hacen, en relación a nuestro cuerpo. Y crean a nuestro alrededor condiciones propicias al desarrollo de enfermedades, si no estamos aptos a rechazarlas. Así, pues, debemos estar prevenidos, para ahuyentar a ambas influencias. Mas así como, por mayores que sean nuestras precauciones, no podemos alejar del todo las influencias del frío y del calor, en sus bruscas variaciones, tampoco podemos evitar completamente las tentaciones. Lo que podemos hacer es no caer en sus redes. Aquí debemos poner toda nuestra atención, todo nuestro cuidado, aunque nos cueste un gran sacrificio.»
»¿Qué hacemos con los elementos atmosféricos? En el invierno, nos abrigamos, y en el verano aliviamos las ropas y procuramos los lugares frescos. Mas si, con eso, no evitamos las molestias del tiempo, tenemos que conformarnos y no darles importancia. Sufrimos resignadamente y procuramos resistir cuanto sea posible, diciendo “esto es el frío”, o “así es el calor”, y concluimos: “luego pasará”, sin incomodarnos más. De la misma manera debemos hacer con las tentaciones. Porque constituyen un mal que alcanza a todos, no hay nadie que no las sufra. Casi diríamos: es una condición necesaria. Y casi nos atreveríamos a afirmar, indispensable a nuestro progreso.» (Cap. IX, «Enfrentando las tentaciones»).

«Si juntásemos las riquezas de toda la aristocracia del mundo, nada serían comparándolas con las de nuestro Padre. Y todas ellas fueron creadas para nosotros, sus hijos, que las recibiremos en propiedad y las disfrutaremos eternamente. Los reyes visten a sus príncipes con oro y piedras preciosas, pero nuestro Padre nos vestirá de luz inmortal. Los reyes dan a sus príncipes carruajes fastuosos, para que viajen a través de sus reinos. Y el Padre nos dará alas y medios etéreos, para que viajemos con la rapidez del pensamiento, sin encontrar obstáculos. Los reyes quieren dar a sus príncipes todas las formas de felicidad, mas no pueden evitar las enfermedades y las incomodidades, que irremisiblemente acompañan a la materia. Nuestro Padre nos dará una condición en la que no habrá enfermedades ni incómodos. Los reyes no pueden evitar el cansancio, el sueño, el frío, ni el calor para sus hijos. Nuestro Padre nos dará una vida en que no tendremos que dormir, ni nos cansaremos, ni sentiremos jamás frío o calor.
»¡Ah, mis hermanos, cómo es grande lo que nos aguarda! Eso, sin embargo, por el cumplimiento de las leyes divinas, y no por capricho. Por acto de justicia y por necesidad, pues sin la ley, no existiría orden, sin orden no habría armonía, y sin orden y armonía no habría felicidad. Así pues, para que todos seamos felices, tenemos que ajustarnos a la ley, al orden y a la armonía.» (Cap. X, «El tesoro de los espíritas»).

Notas

1. Hahnemann, Christian Friedrich Samuel (Meissen, 1755, París, 1843). Médico alemán, fundador de la homeopatía. Practicó la medicina en diversas ciudades, y en 1812 fue admitido como profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad de Leipzig, donde enseñó sus teorías. A raíz de la muerte de uno de sus pacientes, la oposición a sus ideas le obligó a trasladarse (1821) a Kóthen, donde sus métodos terapéuticos empezaron a adquirir prestigio, el cual se acrecentó durante su estancia en París, donde ejerció como médico desde 1835 hasta su muerte, consiguiendo numerosos adeptos.

2. Homeopatía. Sistema médico y terapéutico según el cual las enfermedades deben ser tratadas con fármacos administrados a concentraciones muy diluidas y cuyos efectos en el hombre son parecidos a los del proceso patológico que se intenta combatir. Se apoya en el criterio de que las enfermedades se curan al ser destruidas por otras análogas y más intensas. El sistema homeopático se basa en dos principios: la similitud y las dosis mínimas. Durante el siglo XIX la homeopatía alcanzó notable difusión y una considerable popularidad, hoy renovada, merced a principios generales que hay que añadir a los anteriores, tales como el de la preocupación por la dieta y el carácter individual de la terapia homeopática (que enlaza con las actuales tendencias psicosomáticas), así como por los ribetes espirituales y vitalistas de la filosofía homeopática.

Bibliografía

Miguel Vives, Guía práctica del espiritista. Ed. Mauci.

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